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Ellos quieren salvarlas…

El control ético de las cotorras a la luz de las tinieblas del coronavirus

Pensar, meditar, reflexionar, estudiar, investigar… Todos son verbos de gran interés para abordar el control poblacional de las cotorras que, a menudo, constituye un problema en lugares lejanos a su hábitat natural, principalmente urbanos. Pero de poco servirá todo ese estudio e investigación si en el análisis realizado no partimos desde la ética para finalmente, llegar también a ella.

Quizá haya que visitar ese reino sagrado que es la pureza de la niñez, mirar con sus ojos limpios y su corazón maravilloso para aprender el camino que nos lleve a unir sentimiento y conocimiento, lejos de intereses que impidan la resolución de problemas en el marco de una ética compasiva, tan necesaria en la sociedad. Más, si cabe, a la luz de los nuevos tiempos del coronavirus y sus aberrantes estragos entre los más vulnerables. ¿Porque, qué puede salvarlos si no es la ética, y qué si, no es es ella, la que puede salvarnos a todos, como personas, ciudadanos y sociedad? Así las cosas, ahora más que nunca,  la matanza de más de 12.000 cotorras que prevé llevar a cabo el Ayuntamiento de Madrid solo puede definirse como una barbarie que, además costará a los contribuyentes la friolera de 3 millones de euros.

Barbarie digo, y no de forma casual, puesto que, según la RAE, estamos ante una palabra que se define como la «actitud de la persona o grupo que actúan fuera de las normas de cultura, en especial de carácter ético, y son salvajes, crueles o faltos de compasión hacia la vida o la dignidad de los demás».

En las siguientes líneas voy a ir abordando cada uno de los 5 significados que la RAE atribuye a la palabra «problema» y relacionándola con los contextos en que puede utilizarse, dentro de la cuestión planteada. Se verá como cada uno de ellos y también todos en su conjunto ayudan realizar un planteamiento del estado de la cuestión, una polémica situación que componen piezas de un puzzle que solo pueden encajar desde una visión práctica a la par que respetuosa con los animales.

Tal y como reza la primera acepción de la palabra «problema», estamos ante una «cuestión que se trata de aclarar», necesitada de un foco flexible y creativo, que se apoye en propuestas científicas desde un enfoque ético. No en vano, actualmente, por fortuna la sociedad es sensible al sufrimiento animal y las medidas de control letales son impopulares. Optar por estas, además, no es efectivo, creándose con el exterminio nichos ecológicos que ocuparán otras poblaciones.

Por su parte, la segunda acepción de la palabra «problema» nos habla de una «proposición o dificultad de solución dudosa», razón por la que el análisis de cada caso concreto es clave para trazar una estrategia de control real. Acabar con dicha incertidumbre es una tarea que deben realizar los expertos de forma rigurosa e independiente.

En su tercera acepción, un problema es un «conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin», lo cual nos lleva, en este caso, tanto al trabajo necesario para abordar el desafío atendiendo a sus características propias, como a la controversia suscitada en torno a cómo se aborda la cuestión a nivel político, científico y ciudadano. Así pues, desde un necesario enfoque de respeto a los animales, controlar la población de cotorras es un objetivo que se encuentra con posibles problemas relativos al fraude científico y/o una visión no ética por parte de los gestores públicos, así como a la falta de recursos, ya sean económicos, tecnológicos o asociados al puro ingenio. En todos estos casos, nos encontramos con handicaps que dificultan un óptimo control ético y gestionarlos de la mejor manera dependerá de los avances científicos sumados a la madurez social existente. Querer y poder son dos verbos que pueden ofrecer muy distintas combinaciones, idealmente, se retroalimentarán de forma positiva en favor de experiencias de referencia en el control poblacional ético.

Ser un «disgusto, preocupación» es la cuarta de las acepciones del término. Un desasosiego o malestar en el día a día por parte de quienes sufren las molestias que supone su descontrol, frente a la ansiedad y pesadumbre con la que viven la situación todos aquellos son partidarios de una solución ética. Puestos en una balanza, habida cuenta de que no todo vale para el control de las aves exóticas, el control ético y eficaz a largo plazo es la opción más adecuada para minimizar las primeras y responder, a su vez, a la demanda ciudadana de un trato ético.

La quinta de sus acepciones, por último, nos habla del «planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos». Sin duda, una acepción clave a la hora de dar los primeros pasos en la dirección correcta. Es decir, analizando la situación, identificando y valorando los posibles impactos de forma fiable y orientando también parte de esos estudios a la viabilidad y éxito de una solución ética. Por último, solo una información fiable bajo la premisa del respeto animal permite diseñar la estrategia de control que ofrezca una solución efectiva a la par que ética. Sólo así podremos encontrar una solución en la que todos salgamos ganando, y de la que una ciudad, y sus habitantes del siglo XXI, puedan sentirse realmente orgullosos de  haber apostado por respetuosas fórmulas de convivencia.

Imagen: depositphotos

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Leer el texto original en www.hannahsanel.com

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