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Ellos quieren salvarlas…

Ni demonios ni ángeles, las cotorras son una valiosa riqueza ambiental

¿A qué ese empecinamiento institucional en definir la presencia de las cotorras en las ciudades como un problema que requiere de soluciones letales? Este artículo pretende combatir tan tendencioso planteamiento, cuyo fin no es otro que intentar justificar la masacre de estos inocentes animales anestesiando a una opinión pública que, cada vez más, está reclamando medidas de control poblacional éticas para los animales. Empezando por perros y gatos, que están matándose a mansalva en las perreras, simplemente por haber sido abandonados; o también con respecto a la caza como deporte o negocio; así como en lo que se refiere a la gestión poblacional de palomas, cotorras y otras aves urbanas. Todos ellos comportamientos amparados en leyes peleadas con el concepto de justicia y que, por tal cosa, acabarán sucumbiendo a la inteligencia social propia de toda sociedad avanzada. Tarde o temprano, tienen los días contados.

Mientras esas conquistas llegan, se llevan a cabo verdaderos holocaustos. En el caso de las cotorras, bajo el escudo de la declaración legal de especies invasoras, demasiado a menudo se opta por matarlas, cuando la norma en absoluto obliga a ello. El control poblacional ético es la única alternativa aceptable en las sociedades de hoy, en las que las instituciones tienen la obligación y responsabilidad de educar en valores. De aplicar políticas respetuosas con los animales, cuya inteligencia, en el caso de estas aves, además, supera a la de un gato, perro e incluso un primate, y cuyo único delito, por descontado, no es otro que intentar sobrevivir allí donde las hemos colocado nosotros mismos de forma irresponsable.

Al tratarse de un ave declarada invasora desde 2011, las masacres están permitidas legalmente (ahorraré al lector los detalles del eufemístico, perverso e indignante concepto de matanzas éticas), y buena prueba de ello lo constituye el holocausto que sufrieron en Zaragoza, así como el que se avecina en Madrid, y en el que las arcas municipales se gastarán la friolera de tres millones de euros, así como en Andalucía, desde hace nada conminando a los consistorios de dicha autonomía a cargárselas a tiro limpio. Porque, en efecto, para matarlas, en nuestro vergonzoso país solo se necesita una decisión municipal, sin necesidad de respaldarla con estudios independientes y rigurosos que estudien la raíz del problema con una visión más amplia, apuntando a políticas ambientales que busquen la prevención, sin primar intereses económicos sino el bienestar de la ciudadanía en urbes más habitables y solidarias, que atesoren riqueza ambiental.

En lugar de ello, simplemente se introduce la especie en el listado de especies invasoras para encontrar una solución por la vía rápida, y se opta por el exterminio, generalmente, intentando burdamente su justificación a través de unos informes técnicos y estudios no independientes, cuyo enfoque se basa en una visión que no engloba lo ético dentro de lo ecológico. En este caso, el apoyo pseudocientífico lo aporta la asociación SEO Birdlife. Las víctimas, obviamente, son los inocentes animales, pero no solo ellos. También se falta, se agrede, se está maltratando a una aplastante mayoritaria ciudadanía que no quiere soluciones cruentas, y menos aún si estas se están implementando de forma ineficaz y despilfarrando el dinero de sus impuestos. Por lo mencionar el ultraje que supone a los valores de respeto y protección animal que van abriéndose paso en las sociedades evolucionadas que, ya en su día entendieron la lección de Auschwitz . O lo que es lo mismo, cómo el camino de la destrucción per se; la fuerza por la fuerza; el elitismo; el clasismo; el racismo y, en definitiva, la falta de humanidad, incluyendo el especismo, sólo llevan a un galopante empobrecimiento endémico a nivel moral. En esta visión, obviamente, la protección de los sin voz, donde se incluyen los animales, constituye un gran valor; la prueba del algodón, al decir de Gandhi cuando afirmó con gran tino, inteligencia y visión de futuro que «la grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser medidos por la manera en la que son tratados sus animales».

¿Cómo conseguir, entonces, anular la demanda social de soluciones éticas? Para lograr la aquiescencia pública, básicamente se aprovecha la novedad de la situación, ante la que se requiere trabajar, una tarea impulsada por una decidida voluntad política en pro de un mundo mejor. Se aprovecha, por lo tanto, la falta de experiencias modelo, puesto que se requieren soluciones novedosas y ad hoc, obviando esta posibilidad, al no reflejarse en estándares que constituyan referencias en el imaginario social, con lo que la sociedad no se puede movilizar fácilmente para reclamarlos.

Igualmente, se lanzan bulos, faltando a la verdad cuando presentan la matanza como la única solución. No solo no es la única, pues existen las alternativas éticas, sino que además no es la solución, ya que matando se deja un nicho vacío que pronto ocuparán otras cotorras.

Además de su impopularidad por su pavorosa falta de ética, la matanza resulta ineficaz a largo plazo, amén de difundir falsedades y contar con el apoyo de alguna que otra asociación ecológica a la que no le tiembla el pulso a la hora de defender su exterminio. Inexplicablemente, son asociaciones que proclamándose amantes de la naturaleza y de los animales, apuestan por soluciones ecológicas carentes de ética, haciendo un alarde especista que huele a inveterada tradición de caza.

Así las cosas, solo cabe apercibirse de que fue el ser humano el que originó el problema y también el que luego lo prolonga y complica. En un primer momento, porque el tráfico ilegal y las fugas o sueltas masivas en almacenes y aeropuertos fueron la causa principal de la aparición de las primeras bandadas, y también porque para combatir su lógica impopularidad, en lugar de actuar de forma integral, se bombardea a la opinión pública con falsedades ante las que los medios no realizan un ejercicio periodístico riguroso que las ponga en tela de juicio. Muy al contrario, actúan de altavoz y la ciudadanía no tiene información veraz a su alcance. En definitiva, no es un asunto solo de aves, sino también de involución y menoscabo de la sociedad democrática.

En este contexto propagandístico, el asunto acaba llevándose al terreno maniqueista de un supuesto buenismo vs. los salvadores de plagas. Cuando quienes rechazan el control letal no adolecen de hipersensibilidad, buenismo ni viven en los mundos de Yupi. Es un menosprecio a su inteligencia emocional, con lo cual se censura y hasta criminaliza una manera de estar en el mundo respetuosa, que se apoya en alternativas éticas que constituyen la única solución a largo plazo.

No obstante, sin información fiable, con unos medios plagados de bulos, la ciudadanía está anestesiada, y muchas de las voces que gritan lo hacen fundamentalmente en términos emocionales y de forma aislada, sin encontrar la manera de expresar su disconformidad, disgusto o rechazo, indignación y/o dolor a través de argumentos veraces inexistentes, porque no los proporcionan los medios de comunicación. En este tema, como en tantos otros en los que hay intereses de por medio, no contribuyen en lo más mínimo a formar una opinión pública saludable, pilar de una sociedad realmente democrática.

Brilla por su ausencia esa responsabilidad mediática, y el resultado es demencial. El oscurantismo campa por sus arrestos y, dentro de la campaña de acoso y derribo contra las cotorras, se traduce en alarmismo y en feroces ataques a quienes manifiestan su desacuerdo, también diana de quienes observan desde la mirilla de una escopeta a unas aves que no son ángeles ni demonios, sino una riqueza ambiental deseable para cualquier urbe que aspire a ser más solidaria y habitable para todos.

Imagen: Miller Prosser

Leer el texto original en www.hannahsanel.com

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